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martes, 9 de marzo de 2010

Las guerras contra los germanos: la epopeya de Druso

En el año 16 a.C, el sugambro Melón organiza y encabeza una coalición de tribus germanas con la intención de avanzar sobre territorio romano.

Como hasta entonces había sido usual, las ambiciones de estos pueblos se centran en las regiones celtas situadas al otro lado del Rin, en la Galia. Sugambros, usipetes y tencteros cruzan sin complicaciones el río (las legiones todavía no estaban establecidas junto al mismo) y entran en la provincia de Bélgica devastándolo todo a su paso. El gobernador de la Galia, Marco Lolio, les sale al paso al frente de la legión V Alaudae, con tan mala fortuna que primero la caballería, y luego la propia legion, son derrotadas y dispersadas dejando en manos de sus enemigos su águila; la perdida de la divisa legionaria en combate implicaba, como castigo, la disolución de la unidad, aunque en esta ocasión, excepcionalmente, no será así y la legión continuara en servicio.

La gravedad de la situación impulsa a Lolio a reclamar la presencia de Augusto. No es sólo la amenaza germana la que preocupa, sino también la estabilidad de la todavía vacilante Galia Céltica.

La llegada de Augusto con nuevas legiones disuade a los germanos de continuar las hostilidades optando entonces por regresar con el botín a sus asentamientos. Los notables ofrecen la paz y entregan rehenes; todo es aceptado por el emperador quien todavía no esta dispuesto a emprender la guerra.

Hasta entonces, desde los ya lejanos tiempo de Julio César, los romanos sólo habían intervenido al otro lado del Rin por motivo de alguna acción puntual: como por ejemplo en el año 38 a.C., cuando los únicos aliados de Roma al otro lado del río, los ubios, tuvieron que abandonar sus tierras ante la enemistad del resto de las tribus de la región. Estos germanos fueron finalmente acogidos y establecidos por Agripa en la ribera romana del Rin. En otras circunstancias Roma habría intervenido militarmente para apoyar a los que eran sus más leales aliados dentro de Germania, sin embargo, los tiempos no eran propicios para este tipo de demostraciones de fuerza, volcado como estaba Octaviano (llamado también Augusto, el emperador) en la guerra civil contra Sexto Pompeyo.

Esta actitud es percibida correctamente como una muestra de debilidad por parte de los sus enemigos, que no mostraran gran respeto por las armas romanas, y si bien el año 25 a.C. las legiones cruzan el Rin realizando una incursión de castigo contra las siempre combativas tribus cercanas –sugambros, marsos o bructeros-, poco más tarde, en el año 20, encontramos al propio Agripa en la Bélgica tratando de rechazar desesperadamente a grupos de guerreros germanos que cruzan la frontera en busca de botín.

Sin duda los bárbaros no temen el choque con las fuerzas romanas. No hay constancia de ningún enfrentamiento serio entre las legiones y las tribus germanas desde los tiempos de Julio César, por lo que las nuevas generaciones han olvidado ya la capacidad de combate de estas formaciones en campo abierto. Cuando los confiados sugambros y sus aliados entran en la Galia y derrotan a la legión V Alaudae no pueden saber que ese ataque será el ultimo de gran envergadura que los germanos realizaran al otro lado del Rin -al menos durante los próximos 250 años-.

Dentro de la estrategia romana, la derrota de Lolio -calificada de más humillante que irreparable-, pasa a segundo plano. Aunque la guerra contra los germanos se convierte en un objetivo de primer orden, todo el esfuerzo militar se deberá supeditar al seguimiento de una estrategia de defensa y ataque global, de gran alcance.

Antes de combatir en los bosques germanos, es necesario terminar de asegurar y mejorar las vías de comunicación entre Italia, las Galias y el Rin. En el año 15 a.C., mientras Augusto se encuentra en la Galia, los jovencísimos hermanos Druso y Tiberio comandan una imponente ofensiva contra las siempre ingobernables tribus de los Alpes centrales; Con batalla naval incluida –en el Lago Constanza- todas y cada una de las tribus celtas establecidas entre los Alpes y el Danubio son derrotadas y sometidas. Los territorios de Raetia, Vindelicia y Noricum (reino satélite que pierde ahora su independencia) son añadidos al Imperio.

Sin apartar la vista del Ilírico, en donde prosigue una expansión en toda regla, Augusto puede hacer venir ya un gran ejercito al Rin. En el año 13 a.C. Druso llega a la Galia. El emperador, que todavía permanecía supervisando las provincias occidentales, puede regresar a Italia.

El joven Druso (hermano de Tiberio y padre del historiador y futuro emperador Claudio, y del célebre Germánico), al frente ahora de todas las fuerzas romanas de la Galia Celta, Retia y Vindelicia; reúne bajo su mando, queremos suponer, un mínimo de 7 legiones -unos 50.000 hombres, si sumamos a los auxiliares-.

Como es obvio, su llegada a la frontera no pasa desapercibida entre los germanos. Y de esta forma, mientras Druso trabaja levantando defensas en el Rin y construyendo una imponente flota, los sugambros se preparan con ahínco para la guerra.

Desde nuestra optica este parece ser el comienzo de una nueva etapa. No solo Druso va a tomar la iniciativa. Tambien en el Danubio la ofensiva romana es de gran envergadura. Agripa desde Italia y Tiberio desde Grecia se aprestan a avanzar coordinadamente para conquistar todo el territorio comprendido entre las provincias romanas de Noricum-Dalmatia-Macedonia y el Danubio. En total tres grandes fuerzas de invasion se aprestan para pasar a la ofensiva en varios frentes. 15 legiones desplegadas para realizar una obra de conquista como seguramente nunca se ha visto en Europa. Jamas la Republica pudo vertebrar una operacion tan vasta y de tan amplias miras como esta que Octavio se dispone a dar ahora comienzo, sobre todo porque realmente no sabemos cuales eran los limites de esta expansión, aunque a largo plazo es bien probable que incluyese hasta la propia Dacia.

La Germania que encuentra Druso no ha cambiado mucho desde los tiempos de Julio César. Roma no cuenta con aliados apreciables al otro lado del Rin, por contra todas las tribus son susceptibles de ser enemigas. Por fortuna para el romano, las que optaran por coaligarse contra el invasor no serán lo suficientemente poderosas como para inclinar decisivamente la balanza de su lado: las tribus del arco costero; cannenefates, frisios, ampsivarios y caucos permanecen fuera de las primeras alianzas tribales, contentos con quedarse al margen de los conflictos bien por interes o por indiferencia. Otras de las naciones más desafiantes, como los cattos o los marcomanos, si bien quizá sí se habrían alineado con el núcleo principal de resistencia, no se involucraran a causa bien de la distancia o de la propia enemistad intertribal.

Así pues, los romanos se irán enfrentando, y derrotando uno a uno, a los diferentes bloques de resistencia que se encontraran en su camino de conquista, sin llegar nunca a toparse con un Vercingetorix, germano que pudiese llegar a aunar contra Roma toda la fuerza de una Germania en coalición.

No hay una opinión unánime sobre si Octaviano (el césar Augusto), impulsó una expansión buscando los limites de una frontera natural segura, o bien bajo la dinámica de un imperialismo lento pero metódico destinado simplemente a dominar el mundo conocido. En realidad las dos ideas cuentan con el respaldo histórico suficiente como para poder ser avaladas. Augusto trató, en la medida de sus posibilidades, de incorporar a Roma todas las tierras que, al tiempo que aseguraban la protección de los centros vitales del Imperio, permitían a éste continuar con su incansable política de conquista.

Finalmente, y después de una seguidilla de triunfos, el propio Druso sufre una herida (al parecer, fractura e infección de su pierna, que se complicaría luego con gangrena), cae enfermo y su desesperado hermano Tiberio apenas alcanza a llegar a su lado para verlo morir. Aunque no está del todo aclarado, parece que Livia, la esposa de Octavio Augusto, ordenó a su médico el envenenamiento que precipitaría el final del gran guerrero (allanando así el camino al propio Tiberio, y eliminando a un convencido republicano que siempre intentó disuadir a Octavio Augusto de dejar el poder), aunque al parecer lo avanzado de la gangrena habría llevado de todas maneras a su muerte. Druso "el Mayor" dejaba así huérfanos a Germánico y Claudio, aún niños, y a Roma, que no volvería a conocer un militar tan capacitado y convencido de la necesidad del retorno a la República.

Ampliado a partir de Germania: Prolegómenos de la conquista